UN DÍA EN EL SIAM PARK - Diarios - Tenerife

Un día en el SIAM PARK

Diario-3508-11-08-08-2011
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Hoy he pasado el día en el parque acuático más grande de Europa. Se llama Siam Park, y está en el Sur de Tenerife. Según nos contó el recepcionista del hotel en el cual nos estamos alojando, fue inaugurado en 2008 y pertenece a los mismos dueños del Loro Parque: otro parque temático situado en el Norte de Tenerife. Se trata de una familia alemana, la familia Kiessling. El recepcionista nos dijo que realmente merecía la pena ir, que era algo que no nos podíamos perder y que lo íbamos a pasar muy bien.
Y así fue. Nos levantamos tempranito, sobre las ocho y media de la mañana, desayunamos fruta, cereales, café con leche, tostadas y dulces en el buffet del hotel - nunca viene mal tomar un desayuno energético cuando sabes que te espera un día movidito - nos pusimos el bañador, nos encremamos bien, ya que íbamos a estar todo el día expuestas al sol, cogimos nuestro bolso con las cosas de playa dentro – toalla, cholas, ropa para cambiarse, crema solar, revistas – y nos dirigimos a la zona de Costa Adeje.
Ah, a todas estas, estoy en Tenerife con tres amigas: Marta, Laura y Nora. Decidimos darnos una escapadita de cinco días a esta isla para olvidarnos de nuestra rutina, desconectar y echarnos unas risas. Hace ya muchos años que nos conocemos y siempre que podemos, nos cogemos unos días para nosotras y elegimos algún lugar para huir. Todas estamos sumidas en un día a día rodeado de estrés en el trabajo y de niños al llegar a casa.
Como les iba contando, nos montamos en el coche de alquiler y seguimos las indicaciones hasta el Siam Park. Ya de lejos divisamos la gran entrada oriental. Al llegar, aparcamos el coche en el amplio aparcamiento que está a la derecha de la entrada y fuimos hacia las taquillas. Compramos los cuatro tickets, treinta euros por persona, y cogimos el mapa de atracciones. Al pasar el arco tailandés nos encontramos de frente con los leones marinos, unos graciosos animalitos que hacían ruiditos y estaban apaciblemente tirados al sol. Fuimos a los vestuarios a cambiarnos. Allí dejamos nuestros bolsos, nos quedamos solamente en bañador y con las cholas, y fuimos hacia la playa artificial a dejar las toallas en unas hamacas. Para llegar a la playa tuvimos que atravesar parte del parque a través de caminitos debidamente señalizados y rodeados de una exótica vegetación. En todo el parque hay pequeños altavoces con música. Con la música y el ambiente de verano, al llegar a la playa estábamos ya animadísimas. Cuando cogimos las hamacas, Nora, que es la más tranquila de las cuatro, propuso tumbarnos un ratito al sol para calentarnos antes de empezar a tirarnos por los toboganes. Y así lo hicimos. Ahí estábamos las cuatro, con los ojos cerrados escuchando la música y relajándonos completamente……cuando escuchamos un “tong” y otro y otro. Entonces un montón de personas entraron en la piscina de olas y, claro, nosotras, que no íbamos a ser menos, nos metimos también sin saber muy bien qué estaba pasando. Cuando miramos al final de la piscina, vimos cómo a lo lejos se levantaba una ola gigante, que iba creciendo cada vez más a medida que se acercaba. Todo el mundo empezó a gritar y yo tuve la sensación de estar en medio de una película y de que se nos venía un tsunami encima. Nos cogimos las cuatro de la mano cuando la ola ya estaba cerca y, a la vez, nos hundimos para que nos pasara por encima. Con cada ola que venía nos íbamos animando cada vez más y al final casi nos tirábamos encima de ellas para saltarlas. Así estuvimos durante unos veinte minutos. Cuando finalizaron las olas, yo ya dije que era hora de que continuara la acción y propuse ir hacia los toboganes. Laura, que estaba deseando que llegara ese momento – es la más novelera de las cuatro – no se lo pensó dos veces y empezó a hacer de guía y a dirigirnos por todas las atracciones. ¿Se puede gritar tanto durante tres horas seguidas? ¿Se puede descargar tanta adrenalina? Pues sí que se puede. Los toboganes por los cuales nos tiramos fueron:
- El Dragón: nos sentamos en un flotador para cuatro personas, ideal para nosotras, y empezamos a coger velocidad hasta que el tobogán, que terminaba en un embudo, nos propulsó hasta las fauces de un dragón, que era otro tobogán que seguía cayendo. Por el embudo empezamos a ir de arriba abajo y me dio la sensación de que íbamos a volcar en cualquier momento.
- La Torre del Poder: ya haciendo la cola hasta que nos tocara, hubo dos de nosotras que se rajaron. Nora y Marta. Es que la pendiente del tobogán impone. Laura y yo fuimos las únicas valientes en lanzarnos. El tobogán es una bajada casi vertical de 28 m. en caída libre hasta emerger, por un tubo transparente, en un acuario. Aquí sí que grité como una loca, y estuve todo el rato con los ojitos cerrados, sintiendo todas las emociones en el estómago. ¡Guau!
- El Volcán: otra atracción con un flotador para cuatro personas. Te vas adentrando en un espacio cerrado, oscuro y con humo que simula un volcán, y de vez en cuando ves flashes de luces, que es como si el volcán entrara en erupción. Empiezas a coger velocidad hasta que el volcán te expulsa hacia la piscina. También muy divertido. Salimos todas con una sonrisa en la cara.
- Mai Tai River (o el río lento): Nora, tras haber pasado por tantas emociones, nos pidió por favor que fuéramos a esta, para poder recuperarnos y relajarnos. Y fue una muy buena idea. Cada una tenía su flotador. Subidas al flotador, con los pies colgando y metidos en el agua, fuimos pasando por un río que serpentea a través de jardines. Parte de su recorrido es por dentro de un acuario y es muy, muy relajante.

Tras el río lento estábamos tan hambrientas, ya eran casi las cuatro de la tarde, que decidimos ir a comer algo a uno de los restaurantes del parque. Como estábamos en el reino de Siam, qué mejor opción que ir a comer al restaurante “Thai House”: ofrece comida oriental en un ambiente tailandés. Estaba todo exquisito.
¿Quién iba a lanzarse de nuevo por esos toboganes tras haber comido? No vimos mejor opción que volver a nuestra hamacas y tirarnos de nuevo al calor del sol, mientras comentábamos lo bien que nos lo habíamos pasado y las emociones que sentimos en las distintas atracciones. Escuchamos música, reímos, nos bañamos en la playa artificial, hablamos, descansamos…..Cuando el parque cerró, a las seis de la tarde, recogimos nuestras cosas en los vestuarios, fuimos al coche y volvimos a nuestro hotel para ducharnos y seguir con la noche sureña. En el trayecto de vuelta, todas coincidíamos en que había merecido la pena pagar los treinta euros de la entrada.