No hay posibilidad de entender Tenerife sin sus volcanes. En lo más alto, el Teide, icono de la Isla con sus 3.718 metros de altitud. En el resto del territorio insular, muestras de un origen volcánico que se advierte donde quiera que se alargue la mirada: en rocas con formas caprichosas (las hay que parecen zapatos o rosas), en inmensas extensiones de lava que son como trozos de la Luna en la Tierra, y en playas de arena negra en las que se mezclan, como en una coctelera que no cesa nunca de agitarse, el azul del océano con el blanco de la espuma revoloteando en la orilla.